¿15 años del euro?

La calculadora de euros, aquella de fondo azul y teclas amarillas, fue regalo indispensable de aquellos Reyes Magos del 2002. El 1 de enero de 1999 se constituyó la Unión Monetaria Europea y nació el euro, pero no fue hasta el 1 de enero del 2002 cuando empezó a circular para más de 300 millones de ciudadanos de 12 países europeos. En España, la calculadora transformaba cada euro, en 166,386 pesetas. Y para quienes preferían el cálculo mental funcionaba aquello de “seis euros, mil pesetas”.

Quince años después cabe preguntarse si ha valido la pena, si han mejorado las condiciones de vida de los ciudadanos


Nadie puede culpar a la Unión Europea de no haber hecho demasiado alboroto en torno al aniversario número 15 del lanzamiento del euro, que pasó sin pena ni gloria esta semana.

Al fin y al cabo, durante cerca de la mitad de ese periodo, la moneda única europea ha estado involucrada en crisis sucesivas, que en muchos momentos han llevado a que se ponga en duda la supervivencia misma del proyecto de unión monetaria.

Un panorama muy distinto al que se imaginaron sus creadores el 1 de enero de 2002, cuando con bombos y platillos entraban en circulación de los nuevos billetes y monedas a lo largo del continente europeo.

Desde entonces, las noticias de la integración económica europea han tendido a concentrarse más en sus limitaciones que en sus logros.


Tampoco es que sus logros sean despreciables.

El euro se ha convertido en parte de la cotidianidad para cerca de 338 millones de europeos, en 19 países que lo adoptaron como moneda nacional.

Sus creadores aspiraban a que se convirtiera en un rival del dólar, una moneda de alcance global. Y hasta cierto punto lo han logrado.

Es la segunda moneda más transada, y se emplea en el 33% de las transacciones diarias en todo el mundo.

Y aproximadamente 40% de la deuda corporativa y pública del mundo está denominada en euros, un porcentaje similar al del dólar.

Apoyo

En Europa misma, la moneda común goza de un sorprendente nivel de apoyo, teniendo en cuenta la tormentosa década y media que ha tenido.


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Una encuesta de la Comisión Europea de octubre pasado entre 17.500 habitantes de le eurozona indicaba que 56% de los consultados lo consideran “una buena cosa” para sus países, un apoyo que aumenta al 68% entre las personas más jóvenes, de entre 15 y 24 años de edad.

El euro, para muchos de ellos, es un símbolo de modernidad, de haber entrado a un club de naciones desarrolladas.

Y es una moneda que no ha generado mucha inflación, un fenómeno que muchos europeos recuerdan con pánico de épocas oscuras de su historia.

En su sitio web, la Unión Europea asegura que la moneda única hace más eficiente el comercio en el bloque, genera comodidad para los viajeros entre país y país, y además “actúa como un símbolo tangible de identidad europea”.

Ruptura política

Pero es en esta última categoría, en su papel como símbolo de unidad política, que el euro enfrenta muchas de sus críticas más agudas.

Bandera de euro

Pues sus opositores alegan que más que encarnar la unidad continental, el euro ha ayudado a socavarla.

Particularmente por la crisis desatada en los últimos años en Grecia.

En los momentos más acentuados de esta crisis, en 2015, parecía inminente la salida de Grecia de la moneda común, agobiada por su enorme deuda pública y su incapacidad para manejar de modo autónomo su política monetaria.

Para muchos griegos, su participación en el experimento de la moneda única se convirtió en una relación de dependencia económica frente a Alemania, la potencia económica dominante en la eurozona.

Por lo que la crisis monetaria terminó alimentando sentimientos nacionalistas, tanto en Grecia como en Alemania.

Y no ayudó en nada a fortalecer el alicaído sentimiento de solidaridad europea.

Buena parte de los escépticos frente al euro llevan años repitiendo su crítica básica: la integración monetaria europea no funciona sin una integración fiscal más profunda, en la que un gobierno federal ayuda con gasto público a las regiones que se vean afectadas por recesiones.

Así funciona la economía estadounidense, unida por el dólar pero también por el gasto público ordenado desde Washington que se esparce a lo largo de todos los estados.

En cambio, ante la ausencia de una voluntad política entre los contribuyentes europeos de que el dinero de sus impuestos sea usado así para rescatar a países vecinos, los escépticos siguen dudando que el experimento del euro pueda tener un futuro estable.

El balance

euro

“Ha sido muy bueno para los países del norte, como los alemanes, por ejemplo. Pero si vives en España, Portugal o Italia, ha habido muchos problemas. Y en Grecia han sufrido enormemente debido a la manera como el euro fue implementado”, señala Zatlin.

“En mi opinión es bueno desde un punto de vista político cada vez que alguien rompe barreras. Pero desde un punto de vista económico, el proyecto del euro tal como se planteó no tenía ningún sentido”, insiste.

Sobreviviendo

Zatlin asegura que muchos de las limitaciones del euro habían sido pronosticadas con exactitud desde la década de 1960 por las autoridades monetarias alemanas.

Euro

“Otros problemas que ocurrieron desde entonces fueron más inesperados, como el papel que jugó el euro en hacer que los bancos alemanes concedieran préstamos millonarios a Grecia. La gente pensó que iba a haber una bonanza, que tenía poco sustento en la producción real. Eso no iba a durar mucho”, alega el experto.

Si los primeros quince años de la moneda fueron difíciles, los siguientes se perfilan todavía más complejos.

Zatlin no se aventura a pronosticar qué pasará entonces.

“Me sorprende que bajo la increíble presión que trajo la crisis griega, el euro siga resistiendo. De alguna manera me parece esperanzador, pero también me deja perplejo que no se haya desintegrado todavía”, concluye Zatlin.

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