El desgobierno de la alcaldesa agrava el caos de Roma

El domingo 19 de junio, Virginia Raggi, una abogada de 37 años sin experiencia en política, logró aplastar, con el 67% de los votos, al candidato de Matteo Renzi en la segunda vuelta de las elecciones municipales. Se convertía así en la primera alcaldesa de la historia de Roma y en el símbolo —junto con Chiara Appendino en Turín— del triunfo de la gente corriente sobre la vieja casta de la política y la burocracia. La euforia por aquel resultado hizo pensar que la formación creada en 2009 por Beppe Grillo y Gianroberto Casaleggio para canalizar la rabia de la ciudadanía se había convertido ya en una alternativa real de Gobierno. Incluso sonaba con fuerza el nombre de Luigi Di Maio, de 29 años, actual vicepresidente de la Cámara de Diputados, como el candidato mejor situado para arrebatar a Matteo Renzi la jefatura de Gobierno en las elecciones de 2018. Ni tres meses después de aquella victoria, Raggi, Grillo y Di Maio contemplan cómo la alcaldía de Roma, en vez de catapulta hacia el Gobierno de Italia, amenaza con convertirse en su propia sepultura política.

La gran pesadilla comenzó la madrugada del 1 de septiembre. Mediante un mensaje de Facebook colgado a las 4.30, Virginia Raggi anunciaba el cese de Carla Romana Rainieri, una magistrada a la que había fichado para ser su jefa de gabinete y que ya había trabajado a las órdenes de Francesco Paolo Tronca, el comisario nombrado por Matteo Renzi para intentar frenar el deterioro de la ciudad tras el fracaso del alcalde Ignazio Marino. La jueza se había convertido en un baluarte contra las infiltraciones de la mafia en la maquinaria burocrática de Roma. Tras la destitución de Rainieri —la tercera jefa de gabinete de Raggi desde su llegada a la alcaldía—, se esconden las luchas de poder del M5S por ocupar los puestos más altos en el gobierno municipal. Uno de esos sectores consideró intolerable que el sueldo de la jueza superase los 193.000 euros anuales. La caída de la jefa de gabinete —que decidió dimitir unos minutos antes de que la echasen— provocó la dimisión en cadena de otros cuatro altos cargos del gobierno municipal, entre ellos importantes dirigentes de las dos empresas responsables del transporte urbano y la recogida de residuos, sendos focos de ineficiencia y corrupción.

De la noche a la mañana, Raggi se situó en el centro de un fuego cruzado que alimentaron con virulencia sus críticos en el M5S. Beppe Grillo, quien unos meses antes había anunciado que dejaba la política para reemprender su carrera como cómico, decidió regresar y mediar en la refriega. Viajó desde Génova a Roma para reunirse con Raggi y con sus detractores, pero un par de días después se marchó por donde había venido tras constatar que la avería —aireada a los cuatro vientos por una intensa cobertura mediática— era más grave de lo que parecía. “A veces me parece que Virginia está loca”, llegó a comentar durante una reunión con el directorio, el órgano que, al menos en teoría, tendría que hacer de enlace entre las distintas familias del M5S.

Nada más lejos de la realidad. Tras la dimisión en cadena de principios de septiembre y la dificultad para encontrar sustitutos, se filtró otro hecho aún más grave para la credibilidad del proyecto político del Movimiento 5 Estrellas, basado sobre la honestidad y la transparencia. Hace solo unos días, la alcaldesa admitió que sabía desde hacía casi dos meses que otra de sus asesoras, Paola Muraro, estaba siendo investigada por delitos ambientales y por sus posibles conexiones con personajes relacionados con Mafia Capital. La decepción de los simpatizantes del M5S ante Virginia Raggi —que había callado para no tener que destituir a otra colaboradora— aumentaron aún más cuando supieron que Luigi Di Maio, su virtual candidato a primer ministro, también lo sabía y también calló.

En apenas unas semanas, el prestigio de la formación anticasta ha caído en picado y ya empieza a notarse en las encuestas, que registran uncontrosorpasso: el Partido Democrático (PD) vuelve a superar al M5S. A la espera de que pase el temporal, el Nobel Dario Fo sigue apostando por la formación anticasta: “Todo esto son errores de ingenuidad. Fallos de poca importancia en comparación con lo que la política tradicional ha hecho en el pasado”.

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