Localizado en buen estado ciudadano español buscado tras la avalancha de Mocoa

El Ministerio de Exteriores ha confirmado este viernes que se ha localizado a un ciudadano español que se buscaba tras la avalcha de Mocoa (Colombia). Se encontraba en una zona sin suministro eléctrico y con dificultades para la conexión telefónica y se ha hallado en “buen estado”. Los otros dos  fueron localizados este jueves.

Los habitantes de Mocoa se esfuerzan por regresar a la normalidad tras la avalancha que arrasó el viernes esta ciudad del sur de Colombia y que se ha cobrado la vida de más de 300 personas, de las cuales cerca de un centenar son niños.

Los generadores eléctricos lanzan dispersos destellos en la oscuridad de la noche, algunos restaurantes comienzan a abrir, las familias se reúnen para arrancar con palas metálicas el fango que se pegó a sus casas. Otros saben que su vida jamás será la misma. “No volveremos a este barrio, mi hijo no puede ni hablar de lo que sucedió, tiene pesadillas”, dice Álvaro Imbajoa, que vivía en Los Laureles, una de la áreas más afectadas por estar al pie de la montaña donde se originó el desastre.

Han pasado cinco días y algunos damnificados comienzan a transformar el terror en rabia. “Hace más de dos años puse una denuncia en Corpoamazonia (institución pública responsable del medio ambiente en la región): ya sabíamos que era un peligro vivir así”, explica a este diario Roddy Mari Bermejo. Su casa se levanta enfrente de la plaza del mercado, apenas unos metros a la derecha del río Sangoyaco, que atraviesa la población. En la vertiente izquierda las autoridades construyeron un muro para taponar el agua en caso de crecida, pero las casas como la suya estaban totalmente expuestas. Trata de explicar todo lo que ha perdido, está nerviosa, al fin rompe a llorar. “¿Quién va a pagar por esto?”, lamenta. La Fiscalía de Colombia tiene previsto citar a las autoridades públicas locales para investigar si se pudo hacer algo más.

Hay otras preguntas que flotan en el ambiente de Mocoa. ¿Podrán los niños olvidar algún día? Varios críos, que corren y ríen por una plaza, responden sin saberlo; han inventando un nuevo juego: en lugar del ‘pilla pilla’ es el “corre, que se viene la avalancha”. El sentido del humor sirve para sobrevivir al día a día a esta población acostumbrada al horror de la violencia (la del narco, la guerrilla y los paramilitares). Las conversaciones entre vecinos han adquirido estos días un matiz macabro: cuando se encuentran por la calle, no hablan del clima ni de la selección de fútbol, sino de quién murió en cada familia, qué es lo que se perdió, cuánto costará la reparación.

Entramos en la cárcel de Mocoa, situada en una de las zonas rojas, cerca de San Miguel. La avalancha destrozó 200 metros del muro exterior, uno de los laterales del perímetro de vigilancia que está junto al arroyo Taruca. Nos atiende Sandra Bastidas, la directora de esta penitenciaria de mediana seguridad (la mayoría de presos están por tráfico de estupefacientes y delitos sexuales, el máximo tiempo de condena es de 15 años) que cuenta con 90 funcionarios y casi 700 internos. La noche de la avalancha había un turno de 25 a 30 vigilantes.

– ¿Qué hicieron los policías durante la catástrofe?

– Todos se quedaron cubriendo sus puestos. Los que estaban en las garitas fueron los primeros en dar la señal de alarma. Veían piedras enormes rodando. Dicen que era un ruido ensordecedor, que la avalancha rugía como un león. Otros 60 operarios de vigilancia que viven en esa zona acudieron para controlar la situación.

– ¿Pensaron liberar a los presos?

– Estaban aterrados. Querían que les soltaran, pero eso no era posible. Lo único que se podía haber hecho es reubicarles en el gimnasio que está cerca o trasladarles a las terrazas de la cárcel, que están a 10 metros de altura y tienen una protección especial.

Varios policías que han venido desde Bogotá están hoy apostados junto al muro que se derrumbó. Dentro de la cárcel encontraron dos cuerpos arrastrados por la corriente. La policía ha detenido a bandas de rateros organizados que han venido desde departamentos vecinos a saquear las casas abandonadas. Muchas familias todavía no han vuelto a recoger sus cosas. Entre el fango, por el suelo, hay retratos familiares desperdigados. Una virgen de más de un metro todavía aguanta en el balcón desnudo de un edificio en la zona de San Miguel, donde el paisaje es apocalíptico.

Los expertos creen que hay decenas de desaparecidos que no han sido reportados porque toda la familia fue arrastrada por la corriente y nadie se ha acordado de ellos. Cruz Roja Colombiana cuenta con un equipo de restablecimiento de contacto con familiares. “Cuando sucede una tragedia de este tipo, muchas veces los afectados no pueden llamar a sus seres queridos. Nosotros les ayudamos con la información disponible”, dice  John Fredy Castro, el coordinador en Mocoa. Han recibido distintas solicitudes de búsqueda: desde España, Italia, Francia, Canadá o Estados Unidos.

Los habitantes temen que cuando los medios internacionales se retiren de la ciudad, el Estado les olvide. Su esperanza está en la labor de cooperación.”Nosotros vamos a colaborar con recursos económicos a Mocoa al menos durante seis meses más”, dice Andrés Triviño, de ECHO, la oficina de ayuda humanitaria de la Comisión Europea.

Desde el primer día las víctimas contaron con el apoyo de un actor inesperado: organizaciones indígenas como la OZIP ofrecen alojamiento, asistencia sanitaria y comida a todo el que lo necesita. Un 19% de la población de Mocoa es indígena y en el departamento de Putumayo hay 63.000 en total. “Para nosotros es grato poder ayudar a la gente que lo ha perdido todo”, dice María Rosario, que dirige ASOMI, una asociación de mujeres indígenas que ha dado cobijo a las víctimas de forma desinteresada. En personas como ella está la capacidad de Mocoa de salir adelante. “Si no lo hacemos nosotros, ¿quién? El Estado siempre nos ha olvidado”.