Opinión: Más que “demencia económica”

Empieza una nueva ronda en la pugna comercial entre Estados Unidos y China. La enorme porra con que Donald Trump amenaza a al gigante asiático terminará golpeando a tirios y troyanos, advierte Andreas Rostek-Buetti.

No es necesario sopesar ni analizar mucho para describir el más reciente ataque arancelario de Donald Trump contra China como un acto de “demencia económica”. Basta con leer en voz alta el comunicado de la Casa Blanca alusivo al nuevo aumento de las tasas con que se gravan las importaciones chinas en Estados Unidos. “Ojalá que esta situación comercial se deje resolver al final por el presidente Xi, de China, y por mí”, sostiene allí el economista en jefe Donald Trump, asegurando que por su homólogo chino no siente sino “gran respeto y simpatía”.

En esas oraciones delirantes hacen saltar a la vista la causa del problema. Poco importa que la constelación sea compleja, que las contrariedades conduzcan a una crisis, que a lo largo de las últimas décadas hayan surgido instituciones e instrumentos legales de alcance internacional para responder a esa crisis… Todo eso es una patraña. Es una amistad entre hombres lo que solucionará este asunto, aunque el mundo termine convertido en escombros.

Pocos, pero visibles daños

No obstante, echémosle un vistazo a la “demencia económica” que el presidente de la Cámara de Comercio UE-China, Mats Harborn, ve en el nuevo aumento de las tasas con que se pechan las importaciones chinas en Estados Unidos. Aún si Trump hace uso de su última arma y cumple su amenaza de gravar todas las importaciones de China con aranceles del 25 por ciento de un solo golpe, el crecimiento de la economía china sólo se vería ralentizado en un 0,3 por ciento. Digamos un 0,5 por ciento, por exagerar. Ese efecto palidecería frente al crecimiento de la economía china registrado en los últimos años, que ha sido de entre el seis y el siete por ciento anual. Los daños causados por los aranceles punitivos estadounidenses serían visibles, pero no constituirían un verdadero peligro para la economía del gigante asiático.

Al menos no si se hacen cálculos a largo plazo, como suelen hacerlo los chinos. Y los objetivos de China –como la consumación del Proyecto Ruta de la Seda– han sido fijados a largo plazo. Después de todo, esas metas tienen un carácter más bien histórico: conseguir que China vuelva a ser el centro del mundo, el lugar que le corresponde, desde la perspectiva de Pekín. Esa posición se perdió durante algunas décadas, pero la velocidad del retorno a la cima le quita el aliento a cualquiera. ¿Se supone que las zancadillas puestas por Washington deban ser consideradas como obstáculos serios?

China posee emisiones de la deuda pública estadounidense valoradas en más de un billón de dólares. En total, las deudas de Estados Unidos con China deben ser aún más grandes; por ahí se habla de 1,2 billones de dólares. Esa cifra equivale a 1028 millones de euros, más o menos. Por supuesto que Pekín no usará esa deuda como arma; ese tesoro se depreciaría de inmediato si lo hiciera. El curso de la deuda soberana estadounidense podría caer.

No obstante, ese paquete de deudas es una suerte de reaseguro; aun cuando Pekín ya no pueda vengarse “ojo por ojo” de Estados Unidos en lo que concierne al alza de los aranceles punitivos impulsado desde la Casa Blanca. Después de todo, China exporta bienes a Estados Unidos por el orden de los 505.000 millones de dólares, mientras que Estados Unidos sólo exporta productos a China valorados en 130.000 millones de dólares. Para China, el margen para responder con medidas arancelarias es menor.

Hay que pensar más allá de la economía

Pero abandonemos por un momento el ámbito de las políticas arancelarias pueriles. ¿Qué es lo que está en juego realmente? ¿Qué es lo relevante para Europa? Cabe suponer que detrás de los grandes inversionistas chinos –incluso en empresas europeas claves– se encuentra la mano del Estado. En el informe de este año de la Cámara de Comercio de la UE en Pekín, las empresas comunitarias en China volvieron a quejarse de la preferencia de la que gozan las empresas estatales chinas, de las barreras que dificultan el acceso al mercado chino, de la deficiente protección de la propiedad intelectual y del carácter forzado de la transferencia de tecnología. Esa federación de compañías europeas protesta contra la “falta de apertura del mercado chino” y la define como la raíz del conflicto comercial entre China y Estados Unidos.

El Estado chino es una dictadura de un partido. De cuando en cuando es bueno recordarlo. Puede que se trate de un sistema complejo, rico en contradicciones; pero, en todo caso, no está ni cerca de ser la “democracia pura” que un excanciller alemán dijo ver en el sistema autocrático del Kremlin. A final de cuentas, en China no impera una simetría de fuerzas que beneficie ni a los actores económicos de Europa ni a ningún otro que no sea chino.

Pero es que, para empezar, la meta de las empresas europeas en China no debe ser que exista esa simetría, sino fomentar las reformas que todavía no se han llevado a cabo en ese país. Ese es un camino arduo y largo que sólo puede ser empedrado con normas reformistas internacionalmente aceptadas, incluso con ayuda de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Y entre esas enmiendas necesarias está el cauteloso y discreto robustecimiento de las fuerzas de ese país, a las que les importa más la democracia, puertas adentro, que las libertades económicas de quienes vienen de fuera a hacer negocios. No es necesario ahondar mucho en ese asunto. Sólo hay que hacerlo.

Pero eso no funciona con modales de vaquero. La pugna arancelaria lo que hará será reducir el margen de maniobra de los reformistas. Ese es el verdadero perjuicio que padecerá China. Y Europa también sufrirá las consecuencias, si el bloque comunitario no consigue sacarle capital político a la “demencia económica” en cuestión.

Daños colaterales a la vista

Habrá suficientes daños colaterales. Ellos se harán sentir en las economías emergentes, sobre las cuales ya se aprecian nubarrones y centellas que traen a la mente al huracán Florence o al tifón Haiyan. Si entre Trump y los líderes chinos llega a estallar una guerra comercial que realmente merezca ese nombre, ésta conducirá a una apreciación del dólar, augura el Instituto Ifo para la Investigación Económica, con sede en Múnich. Esa será una carga pesada para los países de economía emergentes. También los europeos y los exportadores alemanes sentirían los estragos, pero éstos podrían soportarlos. En cambio, los países en vías de industrialización o naciones como Argentina y Turquía podrían verse enfrentadas a un panorama existencialmente amenazante.

Para Estados Unidos, puede que aplique lo que Susan Schwab, otrora encargada de negocios del presidente republicano George W. Bush, dijo recientemente: “Quien sostenga que la introducción de aranceles en Estados Unidos no perjudica a la economía estadounidense es un bufón”. Quizás descubra el economista en jefe de Estados Unidos, Donald Trump, que el papel de bufón le sienta bien.

Andreas Rostek-Buetti (ERC/CP)