Refugiados en Belgrado: la última frontera

Asif Rahimi tiene 18 años, pasaporte afgano y una sonrisa triste. Lleva siete meses en Belgrado y planea su enésimo intento de alcanzar el ‘sueño europeo’. “Quizás la semana que viene”, dice. Será la sexta vez que pruebe suerte.

Prefiere no contar por qué dejó su país, pero sí explica cómo. Voló de Kabul a Teherán y ahí se acabó la parte fácil. El resto del camino lo hizo, junto a otras 34 personas, a través de una red de contrabandistas que los trasladaba de noche: de Teherán a Urmía (Irán), de Urmía a Van (Turquía), de Van a Estambul (Turquía), de Estambul a Sofia (Bulgaria) y de Sofía a Belgrado (Serbia).

En Belgrado comparte ‘hogar’, improvisado y provisional, con otros cientos de refugiados que también viajan solos y pasan por Serbia en su ruta hacia la Unión Europea. No llegan para quedarse, pero muchos de ellos habitan allí durante meses, mientras intentan una y otra vez cruzar la última frontera. Se alojan en unos antiguos barracones del ejército en el distrito de Savamala, entre la estación de autobuses y la ribera del río Sava. Es el mismo lugar donde a principios de años una ola de frío -de hasta 16 grados bajo cero- hizo saltar la alarma internacional.

Los refugiados se congelaban en unas naves medio derruidas, con agujeros en paredes, tejados y ventanas. Sin electricidad, agua corriente ni saneamiento. “Serbia corre el riesgo de convertirse en un nuevo Calais”, advertía entonces al diario británico ‘The Guardian’ el oficial de asuntos humanitarios de Médicos Sin Fronteras (MSF) en el país, Andrea Contenta.

Con el cierre oficial de la ruta de los Balcanes y el polémico acuerdo de devolución de refugiados de la Unión Europea a Turquía, Serbia ha pasado de ser un lugar de tránsito a una barrera a la entrada, pero sin recursos suficientes para gestionar una crisis migratoria. Desde la Unión Europea tampoco llega el apoyo necesario.

Nada parece fácil en estos almacenes maltrechos y con fecha de caducidad. Los únicos baños son unas pocas cabinas portátiles que han tardado en llegar. La ‘enfermería’ es un plástico azul pegado a la fachada de una de las naves con el que se cubren las pocas medicinas disponibles. Las reivindicaciones de los refugiados trepan por las paredes de los almacenes en forma de grafitis. “Necesitamos ayuda”; “Necesitamos zapatos”; “Por favor, no nos ignoréis”.

Es difícil saber cuántos refugiados viven en los barracones. No están registrados y el flujo de entradas y salidas es constante. Cuando las condiciones meteorológicas dan una tregua, unos intentan irse. Casi a diario llegan otros. La mayoría son jóvenes, incluso adolescentes. Todos son hombres.

Asif calcula que ahora mismo hay entre 700 y 800 personas. Dice que el 70% son afganos. Su percepción está en sintonía con las estadísticas de Eurostat: en 17 de los 28 Estados miembros, Afganistán aparece entre las cinco nacionalidades que más peticiones de asilo registraron en 2015.

No todos los que llegan a Serbia van a los barracones. El Gobierno tiene habilitados centros de recepción, preparados para proteger a los refugiados, al menos, del mal tiempo. Pero estos campamentos, promovidos por las autoridades serbias para evitar la acumulación de refugiados en zonas céntricas de la capital, han recibido múltiples críticas.

“La estrategia ha sido bloquear la asistencia humanitaria para forzar a esta gente a trasladarse a los campos oficiales”, decía en enero Stephane Moissaing, responsable de la misión de MSF en Serbia. Y, sin embargo, estos campamentos no son una opción viable para muchos de los que llegan Serbia.

La misma ONG explicaba a los medios que allí las familias tienen prioridad y que su capacidad se ha visto desbordada con la llegada masiva. Por último, un factor determinante mueve a los refugiados hacia los barracones: el temor a que quedarse en los centros les impida continuar su viaje hacia la Unión Europea.

“Allí están los sirios, que viajan en familia”, explica Asif. A sus 18 años, él no ha conocido un país estable. De entre los cientos de refugiados, comparte habitáculo y rutina con otros ocho compañeros, también afganos. Son la familia que ha construido. “Ése es el chef”, dice señalando a un chico que calienta agua con un hornillo para hervir unas patatas. Con ellos también ha compartido alguno de sus conatos de conato: “La última vez, hace unos meses, llegamos a Zagreb. Estuvimos sin comer casi una semana. Al final nos detuvieron y nos devolvieron a Belgrado”.

“El dinero de las ONGs se ha acabado”

La vida de Asif en Serbia transcurre entre las naves y la organización de apoyo a refugiados Miksaliste, donde voluntarios y asociaciones como Médicos Sin Fronteras ayudan como pueden.

Jamie Janson, londinense de 41 años, trabaja como voluntario: “Vine a Belgrado para dos semanas y ya llevo un mes”. Continúa posponiendo su partida. “Cuando estás aquí ves que tu ayuda sirve de mucho”, recalca.

En el centro cualquiera es bienvenido, aunque un vistazo a la entrada del edificio basta para darse cuenta de que sólo los hombres lo visitan. Están sentados en sillas, en mesas o en el suelo. Conversan en grupo, cargan sus móviles, miran al infinito. Un cartel señala el ‘rincón de mujeres’, un lugar seguro donde las refugiadas podían acudir y recibir ayuda. Hoy está vacío porque ya nadie ofrece ese apoyo. “El dinero de las ONG se ha acabado”, explica Jamie.

Muchos refugiados que pasan por Miksaliste quieren aprender idiomas: inglés, alemán, francés. “Su entusiasmo por aprender es brutal. Están deseando saber más. Nos asusta que vengan a robarnos, pero esta gente lo que quiere es trabajar duro”, asegura el voluntario.