Sistema Internacional del siglo XXI

La inmigración se ha convertido en un factor desestabilizador  Cuando estudiamos la crisis del sistema internacional, hay un acuerdo general de la necesidad de un nuevo orden económico y financiero, más allá del necesario orden político y diplomático. Esto lo plantean premios Nobel de Economía, como Joseph Stiglitz, Paul Krugman y el profético Nouriel Roubini, o el emprendedor George Soros.

JULIO CÉSAR PINEDA |  EL UNIVERSAL

jueves 7 de mayo de 2015  12:00 AM

Es el fin de la hegemonía norteamericana como centro del sistema financiero mundial y como controlador de la unidad de cuentas internacionales. La mundialización como economía de mercado, bajo el paradigma del capitalismo norteamericano, está llegando a su fin aun cuando se impuso sobre el modelo soviético.

Hay una nueva realidad con el capitalismo de Estado, caso de China donde no se pierde control político, ideológico ni social, pero se presenta una economía abierta a la inversión extranjera y al mercado nacional e internacional. China ha transformado las sociedades productivas en sociedades consumistas. Estados Unidos y Europa no financian el desarrollo de China, sino que lo utilizan como fábrica, aprovechando los mejores precios y su mano de obra, sin correr con el costo y los esfuerzos de producción. Actualmente Occidente depende más del consumo que de la producción.

China se ha apropiado del comercio mundial, al margen de las reglas comerciales establecidas, sin regulaciones ni controles y con grandes costes ecológicos; ahora está cerca del primer lugar del predominio económico. El nacimiento de Asia y el desarrollo acelerado de otras regiones del planeta presentan el mayor cambio en las relaciones internacionales, después de la Revolución Industrial.

Hoy hay un nuevo ajedrez, donde la producción industrial está en China y donde la economía de EEUU pasa a ser una economía de servicios; incluso el dólar podría dejar de ser la moneda de referencia en el nuevo sistema financiero mundial. Europa Occidental también sufre esta situación, cuestionando al propio euro y el desarrollo armónico de otros años; así lo han demostrado Grecia y España recientemente con las crisis económicas y políticas.

Europa Oriental no ha visto satisfechas sus esperanzas después de su renuncia al socialismo real, y Rusia ha aprovechado, como lo ha demostrado con Georgia y Ucrania, para afirmar su poder frente a su posible vinculación con la Unión Europea.

En la actualidad, estamos en la crisis de los polos más importantes de la economía, Estados Unidos, Europa Occidental y Japón. China trata de modernizar su sistema, aprovechando su superávit comercial y busca proyectarse a los mercados emergentes, sin descuidar su mercado interno, por ello sus grandes inversiones en África y América Latina.

La recesión mundial también ha golpeado a los países petroleros, y dentro de éstos a los nuevos polos políticos, que en base a la economía del petróleo han tratado de proyectarse internacionalmente, casos Irán, Rusia y Venezuela. Arabia Saudita ejecuta una geopolítica del petróleo.

La geopolítica económica no es solo el movimiento de los grandes péndulos sino que depende de las múltiples variables de las realidades nacionales, regionales y mundiales.

El factor militar ha dejado de ser fundamental y es lo económico lo que determina, junto con la tecnología y la ciencia, la nueva sociedad del conocimiento, caso de Internet. Pero siempre está la doble dimensión del cambio para el desarrollo y crecimiento, o para el conflicto y la destrucción, porque el espacio cibernético puede facilitar el conocimiento para el bien o para el mal, y la apertura comercial puede generar riqueza pero también legitimación de capitales.

Han desaparecido los polos de poder mundial y aparecen nuevas realidades, con gran influencia en sus regiones y en el mundo, casos China, Brasil e India. El gran combate es contra la miseria y la pobreza por el desarrollo, también por la protección de la naturaleza y contra el armamentismo.

La amenaza central para Occidente y para el planeta, es el fanatismo religioso con la obligada guerra santa. Además de los nuevos intentos expansionistas de países que aspiran a liderazgos regionales con revoluciones políticas, religiosas, económicas y militares.

La inmigración se ha convertido en un factor desestabilizador, como lo hemos visto en Europa con poblaciones envejecidas y políticas nacionalistas ante grandes masas de inmigrantes que se ven marginadas y frustradas en sus esperanzas de mejor vida. Desde las mezquitas y mercados se ha propagado el islam radical, y cada vez más son los terroristas nacidos en Occidente los que participan en actos trágicos o enriquecen las filas de Al-Qaeda o ISIS. Como nunca, es válida la tesis de Nicholas Taleb en su libro El Cisne Negro con la aparición de lo inesperado y la dificultad para el hombre de prever lo improbable.

Es hora de que el hombre cambie el rumbo de la historia en beneficio de todos y actúe frente a lo imprevisible con responsabilidad y solidaridad