Vladimir Putin pone a prueba a Donald Trump

Rusia confirmó ayer que va a seguir adelante con sus operaciones de apoyo a las tropas del presidente Bashar Asad después de que el régimen sirio fuera acusado de perpetrar un salvaje ataque químico que difícilmente emprendería en solitario. Es poco probable que pague un precio por ello.

El ministerio de Defensa ruso alega que la aviación siria bombardeó un “almacén” de rebeldes donde había “sustancias tóxicas”, y que al explotar el depósito éstas se habrían diseminado solas en la zona. “Desde este arsenal de armamento químico, los combatientes las enviaban al territorio de Irak”, dijo el general Igor Konashenkov.

Moscú conoce la parálisis de Occidente: cada vez más dividido, embarcado estos meses en referéndums o procesos electorales que pueden hacer tambalearse el sistema político y de alianzas, con unas sociedades civiles muy participativas y reacias al uso de las armas y con una opinión pública permeable por igual a la verdad y a la mentira. No es una mera percepción, los “socios occidentales” -así es como a Moscú le gusta referirse a los países que durante años le desafiaron desde el lado soleado del telón de acero- fueron puestos a prueba en 2013 cuando el gobierno sirio gaseó a un millar y medio de personas en las afueras de Damasco. Aquel mes de agosto una irrupción frontal de EEUU pareció por un momento inevitable, pero el presidente Barack Obama se desvió del camino bélico en la primera salida que le abrió Rusia, que después apadrinó un proceso de desarme químico.

Tillerson, un viejo socio de Moscú

Rex Tillerson efectuará la semana que viene su primera visita a Moscú como secretario de Estado estadounidense. Es el primer viaje a Moscú de un alto responsable de la nueva administración desde la toma de posesión de Donald Trump en enero. Para Moscú el nuevo secretario de Estado es lo contrario que Hillary Clinton: ella era ‘sospechosa’ de haber impulsado las marchas contra el Kremlin en 2011 y 2012, mientras que Tillerson es un viejo socio con el que Moscú hizo negocios energéticos cuando estaba en el sector privado.

Pero en todo caso en esta guerra de Siria, Estados Unidos -igual que la UE- no puede ser un contrapeso a Rusia (el más poderoso aliado del Gobierno sirio) como sí pasaba en la Guerra Fría. El campo de batalla ya no es global, sino regional, y ahí Rusia está más cómoda. Más todavía si sabe que para Trump la prioridad ha sido la lucha contra el IS, dejando el destino de Asad en un segundo plano. No está claro si esto va a cambiar tras las imágenes de niños asfixiándose.

De hecho Trump está siendo puesto a prueba tras haber dado señales de que podría tolerar a Asad. La obscenidad de estas muertes televisadas sirve (golpes en el pecho aparte) para medir la anchura de las tragaderas occidentales y comprobar cuánta ganancia geopolítica ajena pasa por ellas. Trump afronta una disyuntiva similar a la de Obama, y además con peor equipaje. Tras el fracaso del Consejo de Seguridad, EEUU puede saltar con sus tropas al embarrado ‘ring’ sirio. O puede aceptar a Asad y a su régimen, que es lo que Moscú está más interesado en mantener ‘con vida’ en Siria.

La política exterior no es un cuerpo a cuerpo como la batalla electoral. Y el presidente Trump, falto de experiencia y enfangado en demasiadas batallas en Washington, es un ‘macho alfa’ haciendo autoestop en una carretera muy oscura.